Sobre la mitificación monárquica.

No creo que exista en España un historiador con dos dedos de frente que no le piten los oídos al escuchar ese eslogan tan repetido estos días: “El Rey trajo la democracia”, y en su variante aún más pedante, “El Rey como visionario de la democracia”. Así como no puede afirmarse con rigor histórico que Juan Carlos I fue un opositor a la instauración de un régimen democrático – como si lo fueron, por desgracia, hasta el último de sus ancestros – tampoco puede decirse que la idea de promoverlo fuera suya, “su visión”, y ni mucho menos que tengamos que estarle agradecidos por hacer de ese sueño del pueblo español una realidad (medio palpable).

La reivindicación democrática llevará la firma del pueblo español siempre y si un miembro de la familia real se propuso en su momento (de forma sorprendentemente anormal en la Historia) a apoyar esa empresa, pues bienvenido fue su apoyo – de ahí que la oposición contra el juancarlismo haya sido comprensiblemente laxa, a pesar de las peripecias del monarca. El Rey, durante la Transición, tiene su rol crucial de bisagra concordante, pero no atentemos contra la Historia describiendo su figura como promotora, reivindicante o hasta “ideóloga”, he llegado a leer, de la democracia. El laudo y el honor de esa labor sí lo tienen trabajadores, políticos, periodistas, profesores, artistas, humanistas y muchos ciudadanos que, tanto desde el exilio como desde dentro de España, reanudaron la campaña por la democracia desde el año cero del franquismo hasta su final, asumiendo persecuciones, torturas, ejecuciones y censuras como meros gajes del oficio del ser demócrata. 

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Islamofobia

El supuesto bulo sobre la construcción de una aljama en la antigua plaza de toros de la Monumental ha despertado a la Barcelona más retrógrada, carroza y cerrada: aquella Barcelona que muchos se empeñan en pintar de multicolor para agradar al turista, la Barcelona “multiculti” enseñándole los dientes a sus propios vecinos musulmanes.

En redes sociales, desde partidos políticos y en los medios no se escatimó en comentarios dignos de trogloditas maleducados. No entraré en la controversia de dirimir si es o no verdad que se construirá una mezquita en la Monumental (tal y como se ha filtrado a la prensa); lo que creo que sí importa es ojear el censo y valorar que, siendo Catalunya la principal CA en habitantes musulmanes (con casi medio millón), es sinceramente ridículo que, en la capital catalana, éstos tengan que celebrar sus ritos en garajes y sótanos.

No sólo digo que los musulmanes deberían tener su mezquita, sino que advierto que deberían tenerla todos los barceloneses como un equipamiento público, financiado con nuestro dinero y no con el de un genocida como el emir de Qatar, y este centro quedaría así cimentado en la promoción de la integración multicultural y la convivencia interreligiosa ¿Qué construir una mezquita es insuflarle oxígeno al fuego integrista? ¿Y qué es entonces relegar a esa religión y a sus fieles al ostracismo social de un mugriento garaje?